Muchas personas creen que el bruxismo consiste únicamente en rechinar los dientes mientras duermen y que una placa es suficiente para solucionarlo. Sin embargo, hoy sabemos que también puede manifestarse durante el día, afectar mucho más que los dientes y responder a distintas causas, por lo que requiere abordajes terapéuticos diferentes.
Por Dra. Carina Levy y Dr. Álvaro Heller, Cínica Odontológica Bio Smile
Son las siete de la mañana. Te despertás con la mandíbula cansada, el cuello rígido y un dolor de cabeza que atribuís a una mala noche. Mientras preparás el café, notás que un diente molesta al morder una tostada. Pensás que simplemente dormiste mal. Sin embargo, esos pequeños síntomas pueden ser las primeras señales de un problema mucho más frecuente de lo que imaginamos: el bruxismo.
Hay quienes descubren que lo padecen porque alguien les comenta que, mientras duermen, hacen un ruido intenso al rechinar los dientes. Otros consultan porque se levantan con dolores de cabeza de tipo tensional, sensación de cansancio en la mandíbula o contracturas persistentes en el cuello y los músculos de la cara. También están quienes llegan al consultorio después de que se fracturó un diente, una restauración o incluso un implante, sin imaginar que detrás de ese problema podía existir una sobrecarga provocada por el bruxismo.
Durante muchos años, se creyó que el bruxismo consistía únicamente en rechinar los dientes durante el sueño. Hoy la evidencia científica demuestra que también puede presentarse durante la vigilia. Muchas personas aprietan los dientes mientras trabajan frente a una computadora, conducen, estudian o atraviesan momentos de concentración, sin siquiera ser conscientes de que mantienen la mandíbula contraída.
Además, no todas las personas bruxan de la misma manera. Algunos deslizan los dientes unos contra otros, favoreciendo un desgaste progresivo del esmalte. Otros realizan pequeños golpes repetitivos. Pero existe una forma que suele pasar más desapercibida y que, en muchos casos, resulta la más agresiva: el apretamiento sostenido, en el que los músculos permanecen contraídos durante largos períodos y generan fuerzas muy intensas.
Lo llamativo es que el daño no siempre comienza donde el paciente puede verlo. Antes de observar dientes muy desgastados pueden aparecer retracciones de las encías, pequeñas lesiones cerca del cuello del diente (conocidas como abfracciones) o incluso una sobrecarga que comprometa el hueso que sostiene las piezas dentarias. Por eso, una sonrisa aparentemente sana no descarta la presencia de bruxismo. Como odontólogo también experimenté sus consecuencias. Hace algunos años, durante un vuelo corto, se fracturó mi último molar inferior izquierdo. Décadas más tarde ocurrió algo muy similar con el último molar inferior derecho, esta vez mientras dormía. Ambos dientes terminaron siendo reemplazados por implantes. Esa experiencia personal reforzó algo que observo todos los días en la consulta, y es que la fuerza que puede desarrollar nuestro sistema masticatorio durante el bruxismo es mucho mayor de lo que solemos imaginar.
La placa ayuda, pero no siempre alcanza
Es una reacción lógica: cuando algo duele o se rompe, buscamos una solución inmediata. Pero en el bruxismo, resolver la consecuencia no siempre significa resolver el problema. Las férulas o placas de protección constituyen una herramienta muy importante porque ayudan a proteger dientes, restauraciones e implantes frente a las fuerzas que genera el bruxismo. Sin embargo, pensar que todas las placas son iguales es uno de los errores más frecuentes.
Su diseño depende de múltiples factores como la forma de morder, el funcionamiento de los músculos, el tipo de bruxismo que presenta cada paciente e incluso la posición natural en la que descansa la mandíbula. Una placa adecuada para una persona puede no ser la indicada para otra. Incluso su espesor puede marcar la diferencia. Si modifica demasiado la apertura de la boca, en determinados pacientes puede aumentar la actividad muscular en lugar de disminuirla. Por eso, su elección nunca debería basarse únicamente en una impresión dental, sino en un diagnóstico funcional completo. Actualmente, existen diferentes tipos de férulas. Algunas están diseñadas para proteger durante el sueño, mientras que otras son muy delgadas y pueden utilizarse en situaciones específicas durante la vigilia. La indicación depende siempre de una evaluación clínica individual.
En ciertos casos también puede ser conveniente realizar un equilibrado oclusal, es decir, pequeños ajustes muy precisos sobre la mordida cuando existen interferencias que favorecen la sobrecarga. No se trata de “desgastar dientes”, como muchas personas creen, sino de corregir únicamente aquellos contactos que realmente están alterando el funcionamiento del sistema masticatorio.
Detrás del bruxismo hay una persona, no solo una mordida
Durante mucho tiempo, el tratamiento del bruxismo estuvo centrado casi exclusivamente en proteger los dientes. Hoy sabemos que esa es solo una parte del abordaje. Cada paciente tiene una historia distinta. Hay personas que aprietan los dientes mientras trabajan frente a una computadora durante horas. Otras lo hacen en momentos de concentración intensa, durante la práctica deportiva o en períodos de mayor exigencia emocional. Muchas ni siquiera son conscientes de que mantienen la mandíbula contraída durante buena parte del día.
Por eso, el diagnóstico moderno no consiste únicamente en observar la mordida. También implica escuchar al paciente, conocer sus hábitos, comprender su rutina e identificar qué situaciones pueden estar favoreciendo esa sobrecarga muscular. El objetivo no es encontrar una única causa, sino entender cómo interactúan distintos factores biológicos, funcionales, emocionales y conductuales para producir el problema.
Cuando un paciente rompe un diente, rara vez el verdadero problema es solamente la fractura. Esa rotura suele ser la consecuencia visible de un proceso que comenzó mucho antes. Reparar el diente es importante, pero comprender qué llevó a que esa fuerza se generara es lo que realmente ayuda a prevenir que vuelva a ocurrir.
Por eso, el tratamiento suele requerir una mirada interdisciplinaria.
Además de la evaluación odontológica, pueden intervenir fisioterapeutas y otros profesionales que colaboran en el manejo de alteraciones musculares, posturales y funcionales. En algunos pacientes también resulta fundamental aprender a reconocer cuándo están apretando los dientes durante la vigilia para interrumpir ese hábito antes de que produzca daño.
Las férulas, los ajustes oclusales (cuando están indicados), los ejercicios funcionales, la fisioterapia y otras herramientas terapéuticas continúan siendo fundamentales. Sin embargo, hoy el objetivo ya no es solamente proteger dientes o restauraciones. El verdadero desafío es comprender por qué esa persona aprieta los dientes, identificar qué estructuras están siendo afectadas y construir un tratamiento verdaderamente personalizado.
El bruxismo nos recuerda que la boca no funciona de manera aislada del resto del cuerpo. Detrás de un diente desgastado, una restauración fracturada o una mandíbula dolorida suele haber una historia que merece ser escuchada. La odontología actual ya no busca únicamente reparar las consecuencias, sino comprender qué las originó. Porque cuidar una sonrisa no siempre empieza en los dientes. Muchas veces empieza escuchando la historia de quien la lleva.
