Cuando la lactancia no es posible o resulta insuficiente, las fórmulas infantiles representan una alternativa para cubrir las necesidades nutricionales del lactante. La Dra. Fabiola Castedo Camacho, especialista en neonatología por la Universidad de la República y diplomada en Nutrición Pediátrica por la Universidad de Chile, explica las particularidades de la alimentación de los bebés nacidos por cesárea.
La alimentación durante el primer año de vida es fundamental para el crecimiento y el desarrollo saludable de los bebés. La lactancia materna proporciona protección inmunológica al aportar anticuerpos y disminuye el riesgo de infecciones, en particular gastrointestinales, neumonía y otitis. Además, reduce la probabilidad de sufrir obesidad infantil, diabetes tipo 2, alergias, asma y muerte súbita del lactante. Ofrece una nutrición adaptable: contiene proteínas, grasas, vitaminas, minerales y células vivas, y su composición cambia según las necesidades del lactante. También favorece la maduración del sistema nervioso y el desarrollo cerebral.
Sin embargo, cuando la lactancia materna no es posible o resulta insuficiente, las fórmulas infantiles representan una alternativa para cubrir las necesidades nutricionales del lactante desde el primer día. Entre sus ventajas se destacan la comodidad y la flexibilidad, ya que permiten que otros miembros de la familia alimenten al bebé y otorgan mayor independencia materna. A su vez, permiten cuantificar las tomas con mayor exactitud y generan mayor saciedad debido a su digestión más lenta. Las fórmulas para bebés están diseñadas para aportar una combinación equilibrada de nutrientes, como proteínas, grasas, hidratos de carbono, vitaminas y minerales, además de suplementos específicos que contribuyen al crecimiento del lactante.
Hay diferentes tipos de fórmulas infantiles. Las más utilizadas se elaboran a partir de proteínas de leche de vaca adaptadas y suelen ser bien toleradas por la mayoría de los lactantes. También existen preparados especiales, como las fórmulas extensamente hidrolizadas, destinadas a determinadas situaciones clínicas, entre ellas la alergia a las proteínas de la leche de vaca.
Asimismo, existen fórmulas para bebés nacidos por cesárea, cuya microbiota intestinal presenta diferencias respecto de la de aquellos que nacen por vía vaginal, al no haber pasado por el canal de parto. Para profundizar en estas particularidades y en las estrategias nutricionales disponibles consultamos a la Dra. Fabiola Castedo Camacho.
¿Los requerimientos nutricionales son diferentes entre un recién nacido por cesárea y uno por vía vaginal?
La nutrición en la etapa neonatal es crítica. La leche materna cumple un rol nutricional e inmunomodulador, tanto activo como pasivo: actúa como un puente biológico que educa y regula el sistema inmunitario inmaduro del recién nacido, mientras protege su organismo contra patógenos. Además, modula el microbioma a través de sus oligosacáridos y factores prebióticos, que favorecen el crecimiento de bacterias benéficas, como las del género Bifidobacterium, esenciales para entrenar al sistema inmunitario intestinal.
En este sentido, la microbiota neonatal es el terreno en el que la leche humana ejerce su rol modulador. La primera exposición masiva del recién nacido a los microbios es crucial: ocurre durante el nacimiento y depende, en gran medida, de si el parto es vaginal o por cesárea. Desde esta perspectiva, el parto vaginal es el de preferencia, ya que los recién nacidos se enriquecen con numerosas especies de Lactobacillus, habitantes naturales de la vagina materna. Más del 95 % de la microbiota de un canal vaginal saludable está compuesta por lactobacilos. Cuando el parto es por cesárea, el perfil de la microbiota intestinal presenta mayor semejanza con la composición microbiana de la piel.
La combinación de parto vaginal a término, lactancia materna e interacción con el ambiente y la familia favorece el establecimiento de una microbiota intestinal diversa, abundante y funcional. Por otro lado, factores como el nacimiento prematuro o por cesárea, la administración de antibióticos a la madre y al hijo, la lactancia materna reducida, la sanitización excesiva y la falta de contacto con el ambiente actúan en sentido contrario.

¿Qué implicancias o riesgos representan estas diferencias a corto, mediano y largo plazo?
En los últimos años, la evidencia ha descrito el parto por cesárea como uno de los eventos más disruptivos durante la primera infancia, por los cambios que produce en los patrones de establecimiento de la microbiota. Si bien estas alteraciones tienden a desaparecer durante los primeros meses de vida, sus efectos sobre la salud pueden persistir a mediano y largo plazo.
La cesárea se ha correlacionado con un mayor riesgo de infecciones y enfermedades no transmisibles en la primera infancia, como enfermedades inflamatorias, alergias y enfermedades metabólicas. En etapas posteriores, también se ha asociado con afecciones inflamatorias crónicas y trastornos del neurodesarrollo, vínculos que se cree que están mediados por el microbioma.
¿Qué estrategias nutricionales favorecen una evolución óptima de estos lactantes?
La leche humana fresca siempre será la opción de referencia. Sin embargo, cuando la lactancia no puede establecerse de forma completa, debemos apuntar a fórmulas que se aproximen lo más posible a ella. Al hablar del diseño de una fórmula neonatal ideal, partimos del principio de biomimética: el objetivo no es solo replicar la concentración de los nutrientes de la leche materna (un hito ya bastante logrado), sino también su arquitectura molecular y su funcionalidad biológica. Todo esto debe ajustarse a la inmadurez gastrointestinal, renal y metabólica del recién nacido.
En los últimos años, el desarrollo de fórmulas infantiles ha incorporado nuevos componentes con el objetivo de aproximarse a determinadas propiedades funcionales de la leche humana. Entre ellos se encuentran los oligosacáridos de la leche humana (HMO, por su sigla en inglés), como la 2′-fucosilactosa (2′-FL) y la lacto-N-neotetraosa (LNnT), que presentan actividad prebiótica; los componentes de la membrana del glóbulo graso lácteo (MFGM, por su sigla en inglés), que aportan lípidos complejos como esfingomielina y gangliósidos; y microorganismos probióticos seleccionados por sus potenciales efectos sobre la microbiota intestinal.
Es importante señalar que el beneficio clínico de los probióticos no es un “efecto de clase”, sino que depende de la cepa utilizada, la población estudiada y el resultado clínico evaluado. Por ejemplo, L. reuteri DSM 17938 cuenta con evidencia sólida para reducir el tiempo de llanto asociado a los cólicos, mientras que Bifidobacterium Breve M – 16 V es específico y superior en la colonización temprana del intestino del lactante con la finalidad de reequilibrar la microbiota.
En este contexto, recientemente se han incorporado al mercado nacional formulaciones que combinan distintos componentes bioactivos. Estas combinaciones representan una evolución en el diseño nutricional de las fórmulas infantiles y amplían las alternativas disponibles cuando la lactancia materna no es posible o requiere complementarse.
La indicación clínica de fórmulas simbióticas exige un alto nivel de rigor metodológico y operativo, ya que implica evaluar simultáneamente una matriz nutricional, un sustrato prebiótico y un microorganismo vivo, según la información de composición del producto. La evidencia es específica de cada producto y de cada cepa.





