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Lo que cura es el vínculo

por Hola Salud

El psicólogo tiene un papel fundamental en el cuidado de la salud mental. En la vida cotidiana, ese cuidado también se construye con nuestra presencia. Hace falta, ante todo, estar disponibles y saber detenernos. Animarnos a compartir el tiempo sin la urgencia de resolverlo todo.

Por Psic. Alejandro De Barbieri

Hoy, estar presente se ha vuelto un desafío. Significa guardar el celular, levantar la mirada, escuchar con verdadera atención y ofrecer el cuerpo además de las palabras. Hay presencias que tranquilizan simplemente porque transmiten: estoy acá contigo.

Por eso, lo que cura es el vínculo. La salud mental también se atiende con acciones cotidianas que parecen pequeñas y, sin embargo, dejan una huella profunda. Un abrazo oportuno, una conversación sin apuro, una escucha que no juzga, un límite puesto con amor, una llamada inesperada, una mesa compartida. También el coraje de pedir ayuda cuando la necesitamos y la humildad de acompañar sin creer que debemos salvar al otro.

Nadie puede evitarle el sufrimiento a quien ama. Pero todos podemos hacer que ese sufrimiento sea más llevadero. Al fin y al cabo, el bienestar no nace de la autosuficiencia, sino de la experiencia de sabernos acompañados. Gran parte de la salud mental consiste en dejar de cargar solos aquello que la vida nos pide llevar.

Mi nuevo libro Lo que cura es el vínculo. Salud mental más allá de la terapia nace de esa convicción. No pretende ofrecer recetas mágicas para alcanzar una felicidad permanente, porque esa promesa no existe. Propone algo más realista y, al mismo tiempo, más esperanzador: cultivar las condiciones que hacen posible una vida con mayor sentido.

También escribo este libro porque el concepto de salud mental se volvió confuso, cargado de diagnósticos, etiquetas y promesas rápidas. Necesitamos volver a lo simple: pensar la salud como la capacidad de estar con uno mismo, con los otros, con la realidad y con el sentido de la propia vida.

Tener una buena salud mental no significa la ausencia de síntomas. Significa poder vivir con las vicisitudes y complejidades de cada día. Poder elegir, amar, decir “no puedo solo” y pedir ayuda sin vergüenza; sufrir sin sentir que estamos fallando. Actualmente, acceder a la atención profesional puede ser un privilegio para quien tiene la posibilidad de pagar una consulta, pero, si ampliamos el enfoque, todos podemos ser agentes de cambio.

Vivimos tiempos de urgencia y resultados inmediatos. En esta vorágine permanente, lo humano se debilita. Por eso, estas páginas quieren recordarte que aún podemos vivir con más pausa, profundidad y presencia. Y lo digo en primera persona: también yo me canso. También busco silencio, pausas, presencia y sentido en medio de un mundo que nos exige velocidad permanente. Veo a diario, en la consulta, en las empresas, en las familias y en mi propia vida, que lo que más nos está faltando no son soluciones nuevas, sino una vuelta a lo esencial: a la pausa, al silencio y a los vínculos que nos sostienen.

Atravesamos un cansancio que no es únicamente físico, sino también emocional, mental y espiritual. Alcanza a personas, familias, escuelas, empresas y comunidades enteras. Estamos agotados de correr, de rendir, de responder rápido, de sostener, de compararnos, de no aflojar.

Agotados aun cuando “todo parece estar bien”.

Pero, ¿qué significa estar bien? ¿Sentirte bien? ¿Pasarlo bien? ¿No tener problemas? ¿Cuántas veces decimos “estoy bien” cuando por dentro estamos cayéndonos a pedazos? ¿Cuántas veces fingimos que todo está en orden porque creemos que eso es lo que se espera de nosotros?

Desde que somos niños nos encontramos con derrotas, grandes o pequeñas: un rechazo en la escuela, una pérdida, una frustración. En una sociedad que tolera poco la imperfección, aprendemos rápido a esconder lo que duele, a disimular el agotamiento y a seguir adelante sin parar. Estar bien no significa no tener problemas ni sentirse feliz de forma permanente. Estar bien es poder vivir con lo que sentís, pedir ayuda cuando la necesitás, detenerte sin culpa y ser vulnerable sin sentir que estás fallando.

La salud mental no se mide por la cantidad de emociones agradables que experimentamos. Se relaciona con nuestra capacidad de seguir viviendo con sentido y de atravesar y sostener las situaciones de dolor.

La salud necesita futuro: se alimenta de proyectos, deseos y motivos para seguir viviendo cada día. Una persona sana es alguien que tiene motivos para levantarse, vínculos que la sostienen y algo por delante que la convoca. Puede estar triste, agotada, atravesando el peor año de su vida y, aun así, estar sana, porque no perdió su orientación.

Viktor Frankl lo aprendió durante la Segunda Guerra Mundial en los campos de concentración. Citando a Nietzsche, nos ilumina: “Quien tiene un porqué puede soportar casi cualquier cómo”. La salud mental es, en gran medida, eso: conservar vivo un porqué, un para qué. ¿Para quién estamos vivos? ¿Vivimos con entusiasmo? ¿Logramos darle sentido a nuestra vida?

¿Y vos? ¿Tenés un porqué? ¿Sabés hacia dónde vas?¿Cuáles son tus proyectos?

Alrededor de la salud mental crecieron muchos mitos. Algunos enferman más que cualquier síntoma. El primero dice que estar sano es no tener síntomas. Pero todos los tenemos: el insomnio antes de una decisión importante, la angustia después de una pérdida, el nudo en el estómago frente a la incertidumbre. Es el cuerpo respondiendo a la vida. Otro mito sostiene que la salud mental es un asunto individual. Sin embargo, nadie se cura solo. Nadie se sostiene solo. Nadie se salva solo. La salud también se juega en los vínculos: en quien nos escucha, en quien nos espera, en quien pregunta “¿cómo estás?” y permanece para escuchar la respuesta. No alcanza con hablar de autocuidado. Necesitamos volver a hablar de cuidado mutuo. Salir del individualismo sin perder nuestra individualidad y desarrollar comunidad.

También nos hicieron creer que pedir ayuda es señal de debilidad. Los adultos frágiles que ha fabricado esta época no son quienes piden ayuda, sino quienes aprendieron a no pedirla nunca. Funcionan por fuera, pero sufren por dentro.

Existe otro mito especialmente peligroso porque se disfraza de compasión: creer que sufrir es estar enfermo. Que, si sufrís, algo está mal en vos. Que hay algo que diagnosticar. Algo que medicar. Tapar el dolor a toda costa puede privarnos de la oportunidad de aprender de los sufrimientos. Como afirma el poeta Khalil Gibran: “Cuanto más hondo cave el dolor en vuestro ser, más alegría podréis contener”.

El sufrimiento no es una falla de la vida. Es parte de ella. El duelo, la decepción, el fracaso o la angustia frente a la muerte no constituyen, por sí mismos, una enfermedad. Es la condición humana golpeando la puerta.

Sobre este fenómeno escribió Allen Frances en su libro ¿Somos todos enfermos mentales? Frances presidió la elaboración de la cuarta edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-IV), una de las principales referencias diagnósticas de la psiquiatría contemporánea.

Años después de su publicación, se mostró preocupado por las consecuencias de la expansión diagnóstica. Antes, un duelo prolongado seguía siendo un duelo. Hoy, si la tristeza se extiende unas semanas más de lo esperado, rápidamente puede convertirse en un diagnóstico de depresión. La distracción pasa a ser déficit de atención. Comer de más se transforma en un trastorno.

Frances llamó a este fenómeno “inflación diagnóstica” y fue contundente: “Hemos creado un sistema diagnóstico que convierte problemas cotidianos y normales de la vida en trastornos mentales”.

¿Quién gana con esto? Una industria que necesita que cada vez más personas se perciban un poco enfermas para venderles una solución. Mientras tanto, quienes padecen trastornos mentales graves y necesitan atención especializada y oportuna muchas veces siguen esperando. Sobran etiquetas para el sufrimiento normal Falta acompañamiento para el sufrimiento profundo. En Uruguay, actualmente, miles de personas esperan en el ámbito público para acceder a una consulta con un psicólogo o psiquiatra.

La salud mental no es un certificado de felicidad. No es una vida sin dolor, ni un producto de farmacia o un servicio que se terceriza en un consultorio. Es amar, trabajar y esperar algo del futuro. Es tener con quién compartir la vida. Es que, cuando el dolor llegue, porque llegará, encuentre una comunidad que lo hospede y un sentido que permita atravesarlo.

Dicho de un modo más técnico, la Organización Panamericana de la Salud define la salud mental como un estado de bienestar emocional, psicológico y social que permite a las personas afrontar las tensiones normales de la vida, desarrollar sus capacidades, aprender, trabajar y contribuir a su comunidad.

A esa definición, en este libro, queremos agregarle una dimensión más: la espiritual. Porque el ser humano necesita equilibrio emocional y vínculos saludables, pero también encontrar sentido. Necesita responder, una y otra vez, a la pregunta por el para qué de su existencia. Allí, precisamente, la salud mental deja de ser únicamente un concepto clínico para convertirse en un modo de vivir. Como modelo psicológico, la logoterapia, el enfoque de Viktor Frankl, nos ofrece un mapa de sentido para no perdernos y volver al centro. Nos recuerda que el ser humano no vive solamente para evitar el dolor o buscar placer; vive para encontrar sentido. Nos dice: “El ser humano es aquel que siempre tiene la capacidad de elegir su actitud”. Este libro es una invitación a recuperar esa capacidad, sin negar el cansancio en el que estamos inmersos, para poder identificarlo, regularnos y cambiar para crecer.

La naturaleza relacional de las personas también comprende la conexión que cada uno puede establecer consigo mismo. Nos relacionamos con los demás según cómo nos relacionamos con nosotros mismos. Por eso, para que este abordaje en busca de sentido sea completo, recorreremos cuatro grandes dimensiones que funcionan como una brújula para orientarnos en medio de la incertidumbre.

Inspirado en la mirada tridimensional de la logoterapia de Viktor Frankl, el modelo que planteamos amplía distintas dimensiones de la experiencia humana para comprender la salud mental de una manera más integral.

Dimensión corporal (biológica)

El cuerpo como base y límite: el espacio en el que la vida se expresa y también se hace visible la vulnerabilidad.

Dimensión psicológica

El mundo interno: emociones, pensamientos e historia personal. Se trata de comprender en lugar de controlar. También comprende nuestro mundo cognitivo, la capacidad de tomar distancia, revisar creencias y elegir una posición frente a lo que ocurre. Las palabras influyen en las emociones.

Dimensión racional

El ser humano se constituye en relación con otros. El vínculo estructura la subjetividad. Somos seres con otros seres.

Dimensión existencial

El núcleo de libertad y responsabilidad. El espacio en el que emerge el “para qué”, incluso frente al sufrimiento. Una aproximación hacia una espiritualidad laica y una vida plena de sentido.

La salud mental atraviesa nuestra manera de vivir y de enfrentar los desafíos cotidianos. Estas dimensiones son nuestro norte para no perdernos en el camino y comprender que somos unidad en la multiplicidad. Frankl decía: “Ni todo es biológico, ni todo es psicológico, ni todo es social”. Es una forma de decir no a los reduccionismos. Ver a la persona en su totalidad es verla en su humanidad. Porque la terapia no está únicamente en el consultorio y la mente no está únicamente en el cerebro.

Primicia del prólogo del nuevo libro Lo que cura es el vínculo.

Salud mental más allá de la terapia, disponible en librerías a partir de octubre.

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