Las várices figuran entre las consultas más comunes en cualquier centro de salud y, sin embargo, siguen rodeadas de ideas a medias: que son “solo estética”, que “no tienen solución definitiva” o que “hay que operarse cuando ya no se aguanta más”. Ninguna de esas tres afirmaciones es cierta. Repasemos qué son, por qué se producen, cuándo requieren estudio y tratamiento y qué opciones existen hoy.
Por Dra. Laura Pradines Terra y Dra. Paola Ortiz
Coordinadoras del Servicio de Flebología del Hospital Pasteur y codirectoras de Centro Venoso.
Se estima que hasta un tercio de la población adulta mundial presenta várices en algún grado. Más allá de su frecuencia, lo que vuelve relevante esta enfermedad en la consulta diaria es el impacto que puede tener en la calidad de vida de quienes la padecen.
Las venas de las piernas trabajan en contra de la gravedad: deben llevar la sangre de vuelta al corazón desde el punto más bajo del cuerpo. Para lograrlo cuentan con válvulas internas, pequeñas compuertas que se abren al paso de la sangre hacia arriba y se cierran para impedir que vuelva a descender. El movimiento de los músculos de la pantorrilla, que actúan como una bomba al caminar, completa este mecanismo.
Cuando las válvulas de una vena se vuelven insuficientes, ya sea por causas genéticas, por el paso del tiempo o por factores que aumentan la presión venosa, la sangre deja de ascender de forma eficiente y parte de ella refluye hacia abajo. Esa acumulación eleva la presión dentro de la vena, que responde dilatándose y alargándose. Con los años, la pared venosa pierde elasticidad y se forma la várice: una vena superficial dilatada, tortuosa, visible o palpable bajo la piel.
Es importante distinguirlas de las telangiectasias o “arañitas vasculares”, que son venitas mucho más finas y superficiales. Comparten algunos mecanismos con las várices y muchas veces coexisten, pero constituyen una entidad clínica diferente, con implicancias y tratamientos propios que merecen un análisis aparte.
Entre los principales factores de riesgo se encuentra la herencia familiar, especialmente cuando uno o ambos padres tienen o tuvieron várices. La enfermedad también es más frecuente en las mujeres, y factores hormonales como los embarazos, el uso de anticonceptivos y la menopausia pueden favorecer su aparición o agravarla. A esto se suma la edad, ya que con el paso del tiempo la pared venosa pierde elasticidad y las válvulas pueden volverse menos eficaces. Permanecer muchas horas de pie o sentado, algo habitual en determinadas profesiones, también dificulta el retorno venoso. El sobrepeso y el sedentarismo pueden incrementar la presión venosa periférica, mientras que haber sufrido una trombosis venosa profunda puede dejar un daño permanente en el sistema valvular.
De la molestia al problema clínico
Para muchos pacientes, el motivo de consulta es exclusivamente estético, y es una razón legítima para buscar tratamiento. Sin embargo, las várices no tratadas pueden generar síntomas y, en un porcentaje relevante de casos, complicaciones que sí tienen importancia desde el punto de vista médico.
Los síntomas más frecuentes son pesadez, cansancio, edema vespertino, picazón o prurito y dolor sordo a lo largo del trayecto venoso. Característicamente, empeoran con el calor, con la permanencia prolongada de pie y durante la fase premenstrual, y suelen mejorar con el reposo, la elevación de los miembros y la actividad física.
Cuando la enfermedad progresa sin tratamiento puede evolucionar hacia lo que conocemos como enfermedad venosa crónica avanzada, con cambios tróficos de la piel, como hiperpigmentación, induración o dermatitis ocre, además de lipodermatoesclerosis y, en los estadios más avanzados, úlcera venosa. Esta última es una herida de difícil cicatrización que puede afectar de forma significativa la calidad de vida.
Otras complicaciones posibles son la varicoflebitis, es decir, la trombosis de una várice, que puede palparse como un cordón duro, enrojecido y doloroso, y el sangrado ante un traumatismo mínimo, sobre todo en várices muy superficiales.
Son motivo de consulta prioritaria síntomas persistentes que no ceden con medidas generales, cambios de coloración o textura de la piel en el tercio distal de la pierna, cualquier úlcera de miembros inferiores que no cicatrice en las primeras semanas, una várice que se vuelve súbitamente dura, roja y dolorosa, y sangrado, aunque haya sido autolimitado.
Qué se puede hacer hoy
El manejo de las várices tiene dos niveles complementarios: las medidas generales, que acompañan siempre el tratamiento, y las opciones específicas, indicadas cuando existe reflujo significativo, síntomas relevantes o complicaciones.
Entre las medidas generales, útiles en todos los pacientes, se encuentra realizar actividad física regular, especialmente caminar; evitar permanecer de pie o sentado durante períodos prolongados sin realizar pausas, controlar el peso corporal, y utilizar medias de compresión de mediana tensión, de 20 a 30 mmHg. Estos hábitos ayudan a aliviar los síntomas y enlentecer la progresión, pero no revierten una várice ya formada ni corrigen el reflujo valvular subyacente.
En cuanto a los tratamientos específicos, la cirugía convencional con anestesia general y ligadura o stripping de la vena, que durante décadas fue el estándar, ha sido reemplazada progresivamente a nivel mundial, de acuerdo con las pautas internacionales americanas y europeas, por técnicas mínimamente invasivas. Estas se realizan guiadas por ecografía, de forma ambulatoria y con sedoanalgesia o anestesia local:
Ablación térmica endovenosa mediante radiofrecuencia o láser. Un catéter introducido dentro de la vena insuficiente permite cerrarla mediante energía térmica controlada. Es una de las técnicas de elección para el tratamiento de las várices cuando la situación clínica y anatómica lo permite.
Ablación no térmica, como la escleroterapia con espuma guiada por ecografía o el cierre con adhesivo médico, como el cianoacrilato. Son alternativas útiles en pacientes o segmentos en los que conviene evitar el uso de calor.
Flebectomías ambulatorias, destinadas a extraer paquetes varicosos superficiales a través de microincisiones, con resultados estéticos favorables.
La elección entre estas técnicas depende del calibre y el trayecto de la vena, del patrón de reflujo determinado por ecodoppler y de las características de cada paciente. Una de sus principales ventajas es que estos procedimientos suelen permitir retomar la actividad habitual en un plazo de 24 a 48 horas, algo difícil de conseguir con la cirugía tradicional. Las várices constituyen una enfermedad crónica que puede progresar si no se trata, pero para la que hoy existen muy buenas herramientas diagnósticas y terapéuticas. La consulta con un especialista en patología venosa, junto con el ecodoppler realizado de forma sistemática, permite definir la técnica más adecuada para cada paciente y buscar buenos resultados tanto funcionales como estéticos.
