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Enfermedad meningocóccica: ¿cuándo sospecharla y cómo prevenirla?

por Hola Salud

La enfermedad meningocóccica es poco frecuente, pero cuando aparece puede evolucionar con gran rapidez y convertirse en una emergencia médica. Aunque la mayoría de las personas nunca la padecerán, conocer cómo se presenta, cuáles son sus síntomas de alarma y cómo prevenirla permite reconocerla a tiempo, actuar oportunamente y reducir el riesgo de complicaciones graves.

Por Dra. Mónica Pujadas Ferrer. Pediatra, epidemióloga e infectóloga pediatra, diplomada en Vacunología.

En Uruguay, al igual que en otros países, durante los últimos meses se ha observado un aumento de los casos de enfermedad meningocóccica, causados principalmente por el serogrupo C de la bacteria. Esta situación ha llevado al Ministerio de Salud Pública a reforzar las estrategias de vacunación e insistir en la importancia de mantener una alta vigilancia clínica, especialmente durante los meses en que también aumentan las infecciones respiratorias.

La enfermedad es causada por una bacteria denominada Neisseria meningitidis, conocida habitualmente como meningococo. Existen varios tipos o serogrupos de esta bacteria, capaces de causar enfermedad en el ser humano. El meningococo puede provocar meningitis, una infección de las membranas que rodean el cerebro y la médula espinal, pero también puede invadir el torrente sanguíneo y causar una infección generalizada o sepsis, una forma particularmente grave que puede comprometer rápidamente el funcionamiento de distintos órganos.

Uno de los mayores desafíos es que la enfermedad puede comenzar con síntomas similares a los de otras infecciones mucho más frecuentes, como la gripe o las virosis respiratorias. Sin embargo, en pocas horas puede evolucionar hacia un cuadro potencialmente mortal. Por ello, el reconocimiento temprano de los signos de alarma constituye una de las principales herramientas para prevenir complicaciones.

Mecanismo de transmisión y presentación clínica

El meningococo se transmite únicamente de persona a persona, a través de pequeñas gotas que se eliminan al hablar, toser, estornudar o besar. El contagio es más probable cuando existe un contacto cercano y prolongado, como ocurre entre convivientes, personas que comparten dormitorio o adolescentes que permanecen muchas horas juntos en centros educativos o reuniones sociales.

Una característica particular de esta bacteria es que muchas personas pueden alojarla en la nariz y la garganta sin presentar síntomas. Estas personas, llamadas portadoras, no están enfermas, aunque pueden transmitir la bacteria a otros. Se estima que entre un 5% y un 25% de la población puede ser portadora, especialmente los adolescentes y adultos jóvenes. Afortunadamente, solo una pequeña proporción desarrollará enfermedad invasiva, ya que la mayoría de las personas posee defensas capaces de impedir que la bacteria atraviese las mucosas y llegue a la sangre.

Aunque cualquier persona puede enfermar, el riesgo es mayor en los lactantes, los niños menores de cinco años, especialmente durante los dos primeros años de vida, y los adolescentes. También presentan mayor susceptibilidad las personas con enfermedades que afectan el sistema inmunológico, quienes no tienen bazo o presentan alteraciones en su funcionamiento, quienes reciben determinados tratamientos que disminuyen la inmunidad, especialmente en el contexto de enfermedades crónicas, y quienes viven o permanecen en lugares con gran concentración de personas. Sin embargo, es importante tener en cuenta que la mayoría de las personas que adquieren la infección eran previamente sanas.

Los primeros síntomas pueden ser inespecíficos. Habitualmente aparecen fiebre, decaimiento importante, dolor de cabeza, vómitos, rechazo de los alimentos o sensación de malestar general. En los lactantes puede observarse llanto persistente, irritabilidad, dificultad para alimentarse, mucho sueño o disminución de la actividad habitual. A medida que la enfermedad progresa pueden aparecer rigidez de cuello, dificultad para despertarse, confusión, convulsiones o dificultad para respirar.

La forma más grave de presentación es el shock séptico meningocóccico. En estos casos, la bacteria invade rápidamente la sangre y desencadena una respuesta inflamatoria intensa que afecta la circulación y múltiples órganos. Debe prestarse especial atención a la aparición de manifestaciones que pueden indicar una enfermedad bacteriana grave, incluida la enfermedad meningocóccica, y ante las cuales se debe consultar de forma inmediata: mal aspecto general, sensación de que el niño no está bien, fiebre con escalofríos o sensación intensa de frío, llanto persistente, dificultad para alimentarse, disminución de la producción de orina, somnolencia o irritabilidad, confusión o desorientación, vómitos persistentes, dificultad para respirar, fatiga, frecuencia cardíaca elevada o presión arterial baja, cambios en la coloración de la piel (palidez, color morado o aspecto marmóreo), dolores corporales inespecíficos, especialmente en las extremidades, piel húmeda o sudorosa, aparición de manchas puntiformes rojas que no desaparecen al presionarlas con un dedo (petequias) o hematomas.

En esta enfermedad, el tiempo es un factor decisivo: cada hora cuenta para iniciar el tratamiento antibiótico y mejorar las posibilidades de recuperación. Pese a un diagnóstico y tratamiento oportunos, entre el 10% y el 15% de las personas que la desarrollan fallecen. Además, una de cada cinco personas que sobreviven puede presentar secuelas permanentes, como pérdida de audición, trastornos neurológicos, dificultades cognitivas, convulsiones o amputaciones de extremidades como consecuencia del compromiso circulatorio.

Estrategias de prevención

La enfermedad meningocóccica es inmunoprevenible, ya que se dispone de vacunas efectivas y seguras.

La vacunación constituye la medida preventiva más importante y ha demostrado disminuir tanto la incidencia de la enfermedad como la circulación de algunos serogrupos en la comunidad.

Desde 2025, Uruguay incorporó al calendario nacional, de forma gratuita y universal, las dos vacunas antimeningocóccicas. La vacuna frente al meningococo B se administra durante el primer año de vida y protege frente al serogrupo B, que históricamente fue el más frecuente en nuestro país. Por otra parte, la vacuna conjugada MenFive protege contra cinco serogrupos diferentes —A, C, W, Y y X— e integra el calendario nacional a los 12 meses de edad y nuevamente a los 11 años, además de formar parte de las campañas que el Ministerio de Salud Pública implementa según la situación epidemiológica.

Asimismo, en Uruguay también se comercializan la vacuna antimeningocóccica frente al serogrupo B Bexsero y la vacuna conjugada frente a los serogrupos A, C, W e Y Menactra (equivalente a MenFive del calendario), que pueden adquirirse con receta médica.

La vacunación no solo protege a quien la recibe, sino que, en el caso de la vacuna contra meningococo ACWY, también contribuye a disminuir la circulación de la bacteria en la población, reduciendo el riesgo de transmisión hacia personas vulnerables.

Además de las vacunas, existen medidas sencillas que ayudan a disminuir el riesgo de contagio. Lavarse frecuentemente las manos, cubrirse al toser o estornudar, ventilar diariamente los ambientes, evitar compartir vasos, botellas, cubiertos o utensilios de uso personal y reducir la exposición al humo del tabaco son recomendaciones que también contribuyen a prevenir otras infecciones respiratorias.

Durante el invierno, cuando circulan simultáneamente virus respiratorios y otras bacterias, mantener al día todas las vacunas recomendadas, incluida la vacuna antigripal, constituye una estrategia adicional para proteger la salud de niños, adolescentes y adultos.

Pese a ser poco frecuente, la impredecibilidad de la enfermedad meningocóccica y la rapidez de su evolución hacen fundamental que tanto las familias como los equipos de salud mantengan un alto nivel de alerta. La mayoría de los niños con fiebre tendrá una enfermedad viral leve, pero reconocer cuándo un cuadro no evoluciona de la forma habitual puede marcar la diferencia entre una recuperación completa y una enfermedad potencialmente fatal. Observar cuidadosamente la evolución de un niño con fiebre, consultar precozmente cuando aparecen signos de alarma y evitar que los niños con síntomas respiratorios concurran a centros educativos son medidas que ayudan a reducir la transmisión de infecciones y favorecen un diagnóstico oportuno.

Es necesario mantener al día todas las vacunas del esquema nacional y administrarlas oportunamente, respetando las edades recomendadas. También es muy importante seguir las recomendaciones de la autoridad sanitaria de acuerdo con la situación epidemiológica.

La enfermedad meningocóccica nos recuerda que algunas infecciones pueden evolucionar muy rápidamente. Frente a la presencia de fiebre acompañada de un deterioro evidente del estado general, la recomendación es clara: no esperar. Consultar de inmediato puede permitir iniciar el tratamiento a tiempo y mejorar el pronóstico. Y, al tratarse de una enfermedad inmunoprevenible, es fundamental que niños y adolescentes estén correctamente vacunados para estar protegidos.

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