A través del denominado eje intestino-cerebro, ambos órganos mantienen una comunicación permanente que influye en funciones tan diversas como la digestión, el estado de ánimo, las defensas y el desarrollo de numerosas enfermedades.
Por Dra. María Rosa Cruells Álvarez. Médica gastroenteróloga. Jefa del Servicio de Gastroenterología de Seguro y Sanatorio Americano. Profesora Adjunta de Gastroenterología. Expresidenta de la Sociedad de Gastroenterología del Uruguay.
Ya en épocas inmemoriales, Hipócrates (460-370 a.C.), médico de la antigua Grecia y considerado el padre de la medicina, sostenía que todas las enfermedades se iniciaban en el intestino. Sus afirmaciones se basaban en la observación clínica, una de las herramientas más valiosas de la medicina de todos los tiempos. La experiencia cotidiana ofrece múltiples ejemplos de esta conexión. ¿Quién no ha experimentado molestias digestivas en momentos de estrés?
El estrés puede desencadenar una gran diversidad de síntomas, como acidez, pesadez, digestión lenta, distensión abdominal, hinchazón, dolor, exceso de gases, diarrea, estreñimiento o la alternancia entre ambos. También puede asociarse a manifestaciones no digestivas, como insomnio, irritabilidad, ansiedad, depresión o contracturas musculares. La pregunta es: ¿existe algo que relacione todos estos síntomas o se trata de una simple casualidad? Nada es casual. La explicación está en los microorganismos que viven en nuestro intestino, cuyo conjunto conocemos como microbiota intestinal. Estos microorganismos producen sustancias con acción sobre el sistema nervioso y el cerebro, conocidas como neurotransmisores, que generan distintas respuestas y participan en la regulación del estado de ánimo, la presión arterial e incluso el ritmo cardíaco. Del mismo modo, el cerebro también se comunica con el intestino para estimular o frenar esta producción y regular diferentes funciones del organismo. A esta comunicación bidireccional la conocemos como eje intestino-cerebro.
La siguiente pregunta es inevitable: ¿cómo es posible que en el intestino se produzcan neurotransmisores? El intestino posee su propio sistema nervioso. De hecho, lejos de tener uno solo, cuenta con dos redes nerviosas. Ambas se encuentran en la pared intestinal. La más superficial transmite señales de dolor, distensión y plenitud, mientras que la más profunda, ubicada en la capa muscular, controla los movimientos intestinales o peristalsis.
Teniendo en cuenta lo anterior, el intestino alberga más neuronas que la médula espinal y constituye una compleja red nerviosa que le ha valido el nombre de “segundo cerebro”. Esta característica ha dado lugar incluso a plantear el debate sobre el verdadero protagonismo del intestino en múltiples funciones del organismo. A este nivel se produce cerca del 90% de la serotonina del cuerpo y una importante cantidad de otros neurotransmisores, como la dopamina.
La dopamina regula, entre otras funciones, la motivación, el placer y la recompensa a nivel cerebral. En el resto del organismo participa en procesos como la coordinación de los movimientos, razón por la cual su déficit se asocia a enfermedades neurológicas, como el Parkinson, y ayuda a explicar la constipación que suele acompañar a esta patología.
La serotonina, conocida popularmente como la hormona de la felicidad, participa en la regulación del estado de ánimo, la calma, la concentración, el sueño, el apetito y la digestión. Su disminución se relaciona con trastornos como la depresión, el insomnio y la ansiedad.
Otro aspecto importante es que algunos de los neurotransmisores producidos en el intestino también son responsables de regular su propia motilidad. Pero ¿qué tiene que ver la motilidad intestinal? ¿Es realmente importante? La respuesta es sí.
Los seres humanos obtenemos la energía y los nutrientes a partir de los alimentos. A medida que estos avanzan por el tubo digestivo, el organismo absorbe los componentes necesarios para sostener todos los procesos metabólicos y energéticos. Si no existiera motilidad intestinal, los alimentos no avanzarían, los nutrientes no podrían absorberse y la vida, simplemente, no sería posible. La microbiota intestinal desempeña un papel esencial en este proceso. Mientras el ser humano depende de ella para mantener numerosas funciones vitales, estos microorganismos constituyen un ecosistema complejo capaz de mantenerse y perpetuarse, desarrollando sus funciones de manera coordinada.
Ahora bien, ¿cómo hacen los neurotransmisores para llegar desde el intestino hasta el cerebro? La principal vía de comunicación entre el intestino y el cerebro es el nervio vago. A través de él circula la mayor parte de la información y, de forma llamativa, la mayoría de esos mensajes viajan desde el intestino hacia el cerebro. En otras palabras, el intestino le habla al cerebro mucho más de lo que solemos imaginar.
Además de producir neurotransmisores, la microbiota desempeña un papel fundamental en nuestras defensas y en el control de la inflamación. Actúa como una barrera que dificulta el desarrollo de microorganismos capaces de producir enfermedades y, además, algunos de sus integrantes generan sustancias con propiedades antibióticas y antiinflamatorias.
Pero ¿qué tiene que ver la inflamación? La base de la salud es el equilibrio de la microbiota. Cuando los distintos microorganismos que la componen conviven en armonía, el organismo funciona adecuadamente. Sin embargo, si ese equilibrio se altera, aumentan los microorganismos capaces de generar inflamación y sustancias potencialmente tóxicas pueden atravesar la pared intestinal, favoreciendo el desarrollo de enfermedades.
El eje intestino-cerebro puede resumirse, entonces, como una comunicación permanente y bidireccional entre el segundo cerebro (el intestino) y nuestro cerebro. Como vimos, gran parte de esa comunicación se origina en el intestino y depende de la microbiota, cuya participación resulta indispensable para la vida.
Al mismo tiempo, es importante señalar que el desequilibrio de la microbiota también altera el funcionamiento del eje intestino-cerebro y puede favorecer la aparición de diferentes enfermedades. Cuando pensamos en esta relación, es habitual asociarla con enfermedades digestivas, algunas de ellas sin una lesión orgánica demostrable, como el síndrome de intestino irritable.
Sin embargo, este eje también participa en numerosas enfermedades extradigestivas. Entre ellas se encuentran las enfermedades metabólicas, como la diabetes, la obesidad y las alteraciones del colesterol; las enfermedades cardiovasculares, como la hipertensión arterial; enfermedades neurológicas, como el Parkinson y el Alzheimer; e incluso condiciones del neurodesarrollo, como los trastornos del espectro autista.
¿Cómo mantener una microbiota saludable y en equilibrio?
Es importante tener presente que muchos medicamentos modifican la microbiota intestinal. Por eso, conviene evitar la automedicación y, especialmente, el uso innecesario de antibióticos.
Los antibióticos actúan contra familias completas de bacterias, independientemente del lugar del organismo donde se encuentren. Cuando una persona recibe un antibiótico para tratar, por ejemplo, una infección urinaria, el medicamento viaja por el torrente sanguíneo hasta alcanzar el sitio de la infección. El problema es que, durante ese recorrido, también puede afectar bacterias beneficiosas que forman parte de la microbiota intestinal. Como estos fármacos no distinguen entre bacterias “buenas” y “malas” de una misma familia, su uso puede alterar el equilibrio de la microbiota. Esto explica, entre otras cosas, la aparición de diarrea asociada al tratamiento antibiótico y la importancia de proteger la microbiota siempre que sea posible.
Quizás el mensaje más importante sea que gran parte de este sistema puede modularse a través de la alimentación y de un estilo de vida saludable. Esto supone incluir alimentos ricos en fibras prebióticas, como banana, kiwi, cebolla, ajo, espárragos, manzanas y lentejas; legumbres, como garbanzos, lentejas y porotos; cereales integrales, como avena, arroz integral, quinoa, lino y chía; alimentos fermentados, como chucrut, kéfir de agua y yogur natural; además de verduras, cacao, té e infusiones. Algunos quesos, como el roquefort, también pueden aportar microorganismos beneficiosos. En cambio, se recomienda limitar el consumo de alimentos ultraprocesados, azúcares refinados y grasas trans y saturadas.
El estilo de vida saludable también comprende la práctica regular de actividad física, el contacto social, una adecuada higiene del sueño y el mantenimiento de un peso saludable.
Como conclusión, nuestro cerebro y nuestro intestino mantienen una comunicación permanente. A través de ella regulan funciones esenciales relacionadas con el bienestar, el estado de ánimo, las defensas, el comportamiento y múltiples aspectos de nuestra salud. Comprender el funcionamiento del eje intestinocerebro nos permite entender mejor cómo pequeños cambios en nuestros hábitos cotidianos pueden contribuir a preservar el equilibrio de la microbiota y, con ello, favorecer una mejor calidad de vida.
