En el Mes de Concientización sobre el Cáncer de Mama, la oncóloga analiza los cambios que están transformando su detección y tratamiento. Desde una medicina cada vez más precisa hasta una atención que contemple el recorrido completo de cada paciente, plantea los avances alcanzados y los desafíos que Uruguay todavía tiene por delante.
El cáncer de mama es el área a la que la Dra. Guianeya Santander ha dedicado buena parte de su trayectoria profesional. Médica oncóloga, actualmente está al frente del Servicio de Oncología del Hospital Central de las Fuerzas Armadas, una responsabilidad que amplió su mirada más allá de la consulta y la llevó a involucrarse también en la forma en que se planifica y evalúa la atención oncológica.
Ese cruce entre la práctica clínica y la gestión le permite observar los cambios de la especialidad desde distintos ángulos. El mayor conocimiento sobre la biología molecular del cáncer de mama abrió nuevas posibilidades terapéuticas, al tiempo que la evaluación del riesgo individual modificó la manera de pensar la detección precoz. También creció la posibilidad de seleccionar mejor qué tratamiento necesita cada paciente y cuándo una intervención puede evitarse.
Pero los avances médicos son apenas una parte de la atención. Para la Dra. Santander, la calidad también depende de cómo una mujer atraviesa el proceso y de que pueda comprender las decisiones que se toman sobre su salud. En esta entrevista repasa qué controles se recomiendan actualmente, qué lugar ocupan los estudios genéticos y qué significa, en la práctica, construir una oncología más centrada en las personas.
¿Qué te llevó a elegir la oncología y, dentro de ella, a especializarte también en mastología?
Mi elección fue el resultado de varias circunstancias. Como les ocurre a muchas personas en Uruguay, tuve vivencias cercanas con el cáncer. A eso se sumaron experiencias durante mi formación y docentes que me marcaron. Me atrajo la amplitud de una especialidad que abarca desde las políticas de prevención hasta decisiones terapéuticas basadas en el conocimiento molecular, con una innovación científica constante. Esa diversidad ofrece muchos caminos de dedicación como la clínica, la investigación, la docencia o la gestión; y la posibilidad de construir una trayectoria que evolucione con los propios intereses. El cáncer de mama me interesó especialmente por su frecuencia y su diversidad clínica. A la vez, es una enfermedad que frecuentemente interpela aspectos muy íntimos de la vida de una mujer: su cuerpo, su imagen, sus vínculos, sus proyectos y, muchas veces, las responsabilidades que sigue sosteniendo mientras atraviesa la enfermedad. La formación en mastología me permitió ampliar mi comprensión de las diversas aristas que compromete la enfermedad y avanzar hacia un abordaje más integral de la paciente y su familia.
¿Cómo cambió tu mirada sobre el cáncer de mama al pasar de atender pacientes individualmente a pensar también en cómo se organiza su atención dentro de una institución?
Más que cambiar, mi mirada se amplió. La perspectiva institucional me llevó a prestar más atención al recorrido completo: desde la sospecha y la confirmación del diagnóstico hasta la evaluación de la extensión de la enfermedad, el tratamiento y el seguimiento. La navegación del paciente busca acompañar ese proceso, coordinar sus etapas e identificar las barreras que pueden dificultarlo. Creo que hoy Uruguay cuenta con una base sobre la que podemos avanzar hacia un marco común para organizar la atención del cáncer de mama en todo el país. Desarrollarlo y validarlo con los equipos y las propias pacientes permitiría definir etapas, responsabilidades y criterios de calidad, contemplando las distintas realidades asistenciales. Sería una oportunidad para coordinar mejor las capacidades existentes, evaluar los resultados y dondequiera que una mujer reciba atención.
¿Qué aprendizajes te dio estar al frente de un servicio de oncología
que quizás no aparecen de la misma manera en la consulta médica?
Aunque la gestión está presente en cada tarea médica, conducir un servicio exige una mirada más amplia. Me llevó a prestar más atención a las condiciones en las que asistimos. Una decisión clínica necesita un equipo que pueda llevarla adelante, recursos disponibles y una organización que acompañe. Desde esa perspectiva, planificar supone conocer nuestras capacidades, reconocer las dificultades y decidir qué debemos mejorar. También amplió mi interés por los indicadores y los resultados: contar con información confiable, cuidarla y utilizarla para evaluar la calidad de la atención. Escuchar a las pacientes y sus cuidadores me permitió comprender aspectos que los números, por sí solos, no lo muestran. Aprendí, además, que sostener esas mejoras exige cuidar al equipo, alentar su desarrollo y darle participación. Incorporar innovación en infraestructura, tecnología y modelos de atención.

Desde que comenzaste a ejercer hasta hoy, ¿qué cambió de manera más significativa en la forma de detectar y tratar el cáncer de mama?
Destacaría el avance en el conocimiento de la biología molecular del cáncer de mama y la incorporación de múltiples medicamentos. En la detección y la prevención, la evolución en la evaluación del riesgo individual y con ello las nuevas estrategias de tamizaje. En el diagnóstico y la asistencia, la incorporación de las soluciones de IA y herramientas digitales. Además, ha crecido la atención a la vida después del cáncer: las secuelas, la calidad de vida y la salud a largo plazo.
“Creo que hoy Uruguay cuenta con una base sobre la que podemos avanzar hacia un marco común para organizar la atención del cáncer de mama en todo el país”.
¿Cuáles son actualmente las recomendaciones que una mujer debería conocer respecto de los controles mamarios?
Lo primero es conocer el riesgo individual, porque los controles pueden variar según la edad y los antecedentes. En Uruguay, la referencia es la guía de práctica clínica del Ministerio de Salud Pública para la detección precoz del cáncer de mama, actualizada en 2024. Para mujeres sin síntomas y de riesgo promedio, la guía recomienda mamografía anual entre los 40 y 49 años, y cada dos años entre los 50 y 74. Los antecedentes personales, la historia familiar y una predisposición hereditaria pueden hacer necesario comenzar antes, modificar la frecuencia o incorporar una resonancia magnética.
Durante mucho tiempo las campañas pusieron mucho énfasis en el autoexamen mamario. ¿Qué lugar considerás que tiene hoy?
Hoy el énfasis está en conocer las propias mamas y consultar ante cambios nuevos, más que en realizar una técnica de autoexamen obligatoria todos los meses. El autoexamen sistemático no ha demostrado reducir la mortalidad por cáncer de mama y no sustituye los controles ni la mamografía indicada según la edad y el riesgo. Sin embargo, reconocer un bulto o un cambio en la piel o el pezón puede motivar una consulta, y eso por supuesto colabora en acercarse al equipo de salud.
También se habla cada vez más de estudios genéticos y genómicos. ¿En qué situaciones están indicados y qué información pueden aportar tanto para la paciente como para su familia?
Uruguay ha dado un paso importante al incorporar la financiación de estudios de predisposición hereditaria al cáncer a través del Fondo Nacional de Recursos para quienes cumplen los criterios establecidos. Existe, además, acceso a asesoramiento oncogenético gratuito. La evaluación considera el diagnóstico, los antecedentes personales y familiares y las posibles implicancias del resultado. Su importancia trasciende a la paciente: identificar una variante hereditaria asociada a mayor riesgo puede orientar su tratamiento y permitir que familiares aún sanos conozcan si la heredaron. Así pueden planificarse controles y medidas de reducción de riesgo. Tener esa predisposición no significa que necesariamente se desarrollará cáncer. Los estudios genómicos del tumor tienen otra finalidad: ayudan a orientar determinadas decisiones terapéuticas.
“Escuchar a las pacientes y sus cuidadores me permitió comprender aspectos que los números, por sí solos, no lo muestran”.
¿Estamos asistiendo a tratamientos más eficaces y a su vez menos agresivos para determinados tipos de cáncer de mama?
Sí, en determinadas situaciones, aunque mayor eficacia y menor agresividad no siempre van de la mano. Hoy podemos seleccionar mejor quién necesita cada tratamiento, así como en qué momento y quién puede evitar una intervención que aportaría poco beneficio. En algunos cánceres de mama tempranos, por ejemplo, las características clínicas y las pruebas genómicas ayudan a decidir si es necesario agregar quimioterapia. También hemos avanzado hacia cirugías menos extensas y esquemas de radioterapia más breves en pacientes seleccionadas. A la vez, nuevos medicamentos han mejorado los resultados en distintos subtipos. El objetivo es ajustar la intensidad del tratamiento al beneficio esperado, considerando tanto el control de la enfermedad como la calidad de vida de cada paciente.
Uno de tus campos de interés es la atención centrada en las personas. ¿Qué implica llevar ese concepto a la práctica cuando una paciente atraviesa un diagnóstico y un tratamiento oncológico?
Humanizar la oncología exige traducir la escucha en acciones concretas y planificar con las pacientes. La calidad de la atención también se expresa en cómo viven el recorrido y en el acompañamiento que reciben. Implica conocer qué es importante para esa paciente y darle un lugar en las decisiones: sus expectativas, sus preocupaciones y las circunstancias de su vida. Requiere explicar las opciones con claridad, comprobar que la información se comprendió y ofrecer espacio para preguntar y decidir, respetando cuánto desea participar cada persona. También supone atender el dolor, los efectos adversos, la salud emocional y las dificultades prácticas que pueden aparecer durante el tratamiento. La continuidad, la privacidad y saber a quién acudir forman parte de ese cuidado.
¿Qué aspectos de la atención del cáncer de mama creés que Uruguay todavía necesita mejorar?
Creo que debemos seguir fortaleciendo la continuidad de la atención y la equidad en el acceso. Contar con estudios y tratamientos es fundamental; pero también lo es, que cada mujer pueda completar su transicion de manera oportuna, independientemente de dónde viva. Una oportunidad sería desarrollar y validar un marco nacional para ese recorrido, con participación de los equipos definiendo responsabilidades, tiempos e indicadores de calidad y contemplando las distintas realidades asistenciales. También necesitamos dar mayor espacio a la rehabilitación, la salud emocional y sexual, y al cuidado a largo plazo. Sin duda la posibilidad de nuestras pacientes de participación en estudio clínicos.
