El escritor argentino lleva años demostrando que las mejores historias pueden nacer de los episodios más cotidianos. En un paso breve por Montevideo, conversó con HOLA SALUD sobre la observación, la oralidad, el humor, la emoción y el poder de los desconocidos para cambiar una vida.
Hernán Casciari tiene la particular habilidad de encontrar una historia donde otros apenas ven una anécdota. Un viaje en ómnibus, una conversación familiar, un recuerdo de infancia o un encuentro fugaz pueden convertirse, en su manera de narrar, en relatos de humor y emoción. Escritor y editor nacido al otro lado del Rio de la Plata, construyó una trayectoria marcada por una forma de contar que rompe la distancia entre quien relata y quien escucha. Sus historias tienen la intimidad de una charla entre amigos, pero también la precisión de alguien que entiende que detrás de cada escena cotidiana puede esconderse algo universal.
Desde sus primeros relatos publicados en internet hasta la creación de Orsai, la editorial y comunidad cultural que impulsó como una forma alternativa de acercarse a los lectores, Casciari desarrolló una obra atravesada por la memoria, los vínculos y la observación de esas pequeñas situaciones que suelen pasar inadvertidas. Su literatura nace de lo cercano: de sus padres, sus amigos, su pueblo, sus experiencias y de las personas que aparecen en el camino dejando una marca inesperada.
Esa mirada fue también el eje de su llegada a Montevideo invitado por Aprendemos Juntos, el proyecto global de BBVA, en el que presentó su charla “Desconocidos que te cambian la vida”. El título resume buena parte de su propia historia y en su oratoria repasa el acontecimiento que cambió su vida para siempre: un infarto en Montevideo cuando corría el año 2015. Detrás de ese episodio quedaron los gestos de personas anónimas que aparecieron en el momento preciso y que confirmaron una de las ideas que atraviesan su obra: muchas veces, quienes cambian nuestro destino son aquellos que apenas pasan por nuestra vida.
Si hoy fuese ese desconocido en la vida de alguien, ¿qué le gustaría generar en esa persona a través de una historia?
La emoción. A mí me gusta mucho emocionar, pero de una manera rara. Rara en el siguiente sentido: me gusta mucho hacer reír y que, en medio de esa risa, entre por un costado la emoción. No me gusta emocionar cuando el otro sabe que lo quiero emocionar. Me gusta emocionar cuando el otro piensa que yo simplemente estoy haciendo reír.
¿De dónde cree que viene esa capacidad que, vista desde afuera parece innata, de transformar algo cotidiano en algo extraordinario?
Ni siquiera sé si es una capacidad. Me parece que es una manera de defenderme de mis propias limitaciones. Tengo un oficio, que es el de escritor, en el que los mejores tienen una enorme imaginación y, si no tienen esa enorme imaginación, tienen un tremendo tesón, mucha perseverancia. El que tiene imaginación te hace una gran distopía, te cuenta un mundo del año 2500. El que no tiene esa enorme imaginación va a las hemerotecas y te cuenta una novela histórica, te dice cómo fue la Edad Media y no sé qué. Yo no tengo nada de eso. Nada más que las cosas que me pasaron, que fueron muy chiquititas y bastante tontas. Creo que lo que tengo es una enorme capacidad de observación. En un lugar donde vos no ves un cuento, yo lo veo. Pero no porque el cuento no exista. El cuento está, lo que pasa es que, justamente por la limitación de mi falta de imaginación y de perseverancia, tuve que desarrollar la observación.
¿Qué tiene que tener una historia para que merezca ser contada?
Que me emocione. Si a mí no me emociona, no va a funcionar. Si me emociona una vez y a la segunda vez que la recuerdo ya no me emociona, tampoco. Ahora, si algo que pasó en mi vida, cada vez que lo refiero, cada vez que lo recuerdo, cada vez que lo cuento en una sobremesa o que lo rememoro a la noche, siempre me emociona, eso es un cuento. Generalmente, lo que me emociona es una escena chiquitita. No es todo, es una cosa pequeña. Pero si yo te contara solamente eso, a vos no te emocionaría, porque no tenés el contexto. Todo lo hago para envolver esa emoción y contártela es el cuento.

¿Cómo ha tomado el timing de lo que impacta en el público? ¿Lo practica antes en una sobremesa o ya tiene la capacidad de darse cuenta de que una escena va a funcionar?
Yo tuve dos oficios y estuvieron muy separados. Escribí durante mucho tiempo sin jamás leer en voz alta, pero jamás. Escribí durante 15 años. Después tuve un infarto acá en Montevideo y no pude escribir más. Tuve que dejar de fumar y, al dejar de hacerlo, mi cerebro se puso en huelga de escritura. En ese momento empecé a leer en voz alta. Elijo los cuentos que me funcionaban a nivel literario, y sé que tienen más posibilidades de funcionar a nivel interpretativo. Trato siempre de encontrar la manera de que parezca coloquial. Hay muchos párrafos que hago por primera vez porque me divierte mucho el desafío de no decir siempre lo mismo, pero la base está muy probada en distintos escenarios.
En ese ejercicio de tener que pasar de la escritura a la palabra hablada, ¿fue una sorpresa descubrirse como orador?
Quizás no. Me fui a vivir a España a los veintitantos y antes era tremendamente locuaz y sociable. Tenía un germen parecido a este. Después, una vez allá, dejé de hacerlo, me puse a escribir y lo perdí completamente. Creo que lo retomé un poco. A mí me parece que lo más importante, o lo que con más fuerza intento conseguir, es que lo que cuento no parezca literatura. Ese es casi el objetivo: que al otro le dé la sensación de que está escuchando a un amigo en una sobremesa. Juego mucho con esa convicción del otro; es completamente actoral. Pero no soy un actor que quiere fingir ser otro. Soy un actor que quiere fingir ser yo mismo.
Tiene un audiocuento en el que dice ser un uruguayo encerrado en el cuerpo de un argentino. ¿Qué tan cierta es esa historia?
Por suerte escribí ese cuento en 2005, si no parecería un recurso tribunero.
Es algo que me pasó toda la vida, desde chiquito tuve una fascinación muy bestial por Montevideo. Cada vez que veía a un uruguayo en mi pueblo era como ver a un ídolo. Me gustaban muchísimo unos cómicos que actuaban en Argentina cuando yo era chico, que ustedes conocen como de Decalegrón y yo como Comicolor. Tenía ocho años y para mí los uruguayos eran todos unos genios. Después, cuando había noches muy claras en Mercedes, mi pueblo, podía sintonizar Canal 12 y era mágico. Recién a los 25 conocí Montevideo por primera vez.
¿En qué sentido se siente uruguayo más? ¿Qué ve en los uruguayos para sentir esa cercanía?
En Argentina pasa algo particular. Ustedes creen que el argentino es el porteño, pero todos los que venimos de lugares más chicos y tranquilos, donde existe la siesta, somos mucho más parecidos a los uruguayos. En lo que tiene que ver conmigo, hubo una fascinación inicial que no tenía una razón y que yo creo que finalmente la razón era que me iba a morir. No era algo del pasado. No era que en el pasado yo fui uruguayo. Era que en el futuro volvería a nacer acá.
“Me gusta emocionar cuando el otro piensa que simplemente estoy haciendo reír”.
