Hace 30 años, Cristina Robado Gamero y su familia tomaron una decisión que cambiaría sus vidas: invertir sus ahorros en una pequeña farmacia de Las Piedras, Canelones. Con el apoyo de su esposo e hijos, y una convicción firme sobre la importancia del trato humano, construyó un proyecto que creció junto a la comunidad y que hoy sigue teniendo a las personas en el centro de cada decisión.
¿De qué manera se da su llegada al mundo farmacéutico?
Me inicié muy joven trabajando en farmacia. Comencé sin ningún conocimiento, pero allí descubrí que realmente me gustaba la profesión. Me atraía el trato con la gente y la posibilidad de ayudar, muchas veces, a quienes no entendían las recetas. Fue entonces cuando me di cuenta de que era un trabajo que disfrutaba mucho. Trabajé durante 16 años como empleada de farmacia, pero siempre soñé con que no iba a ser así para siempre. Tenía la ilusión de que algún día iba a tener la mía propia.
¿Cómo es la historia de su farmacia?
La historia comenzó un tiempo antes de la inauguración, que fue el 15 de junio de 1996. Mi esposo trabajaba en dos empresas y yo cumplía jornadas de entre 10 y 11 horas en una farmacia. Teníamos dos hijos, Mauricio y Marcos, y, como familia, tomamos la decisión de que mi esposo dejara uno de sus empleos. Al hacerlo, recibió un incentivo económico que era insuficiente para comprar una farmacia consolidada, pero pensamos que, si no invertíamos ese dinero, terminaríamos gastándolo. Entonces empezamos a buscar farmacias.
Con el capital que teníamos era muy difícil encontrar una opción, porque las farmacias se venden según el volumen de caja que generan y nuestro presupuesto no alcanzaba. Seguimos buscando hasta que llegamos a Las Piedras, donde encontramos una farmacia muy pequeña que trabajaba poco, tenía únicamente medicamentos y sus dueños provenían de otra profesión. Decidí que esa era la farmacia que podíamos comprar. Estaba a nuestro alcance y, además, veía en ella un gran potencial de crecimiento. La rebautizamos con el nombre Farmacia Del Camino.
¿Tuvo dudas o temores antes de dar ese paso?
Cuando estábamos firmando el contrato, o mejor dicho, la compraventa de la farmacia, mi escribana, que tiene muchos años de experiencia en el oficio, me preguntó: “¿Estás segura, Cristina, de que la querés comprar? Esta farmacia no te da ni para pagar el alquiler”. Y yo le respondí: “Sí, tranquila, tranquila”. La verdad es que me sentía bastante segura porque había ido muchas veces a observar cómo trabajaban. Me fijaba cómo atendían, si tenían mercadería, y a veces me quedaba una o dos horas con mi hijo antes de irnos. En esas visitas noté muchas carencias, no solo en cuanto a mercadería, sino también en el factor humano.
¿Cómo fue creciendo la farmacia a lo largo de los años?
Cuando empezamos, estábamos en un local muy pequeño. De hecho, muchas personas creían que era un kiosco y no una farmacia, justamente por sus dimensiones. Con los años fuimos creciendo y nos mudamos al local en el que estamos actualmente, ubicado en una esquina y con amplias vidrieras sobre ambos frentes. Era un espacio mucho más grande y acorde al desarrollo que veníamos teniendo. También creció el equipo. Empezamos trabajando únicamente Marcos y yo, y hoy son varias las familias que dependen de la farmacia. Además, también creció como empresa: hace casi seis años abrimos una sucursal, un paso muy importante dentro de este camino que hemos recorrido.
A lo largo de estos años, ¿qué cambios considera que fueron los más importantes en la forma de ejercer este oficio?
Con el paso de los años todo cambió mucho. Antes trabajábamos de forma totalmente manual, con libros para consultar los precios, y se dedicaba mucho tiempo a la atención de los clientes, al menos en mi caso. Lo que más cambió fue la tecnología. Sin embargo, hay algo que para mí nunca cambió: el factor humano. La empatía, la paciencia y las ganas de ayudar a los demás siguen siendo los mismos valores que me acompañan desde el primer día.
¿Qué siente que los diferenció de otras farmacias en aquella época?
Lo que nos permitió crecer y lo que siempre nos distinguió fue el buen servicio que brindamos. En Las Piedras no había envíos a domicilio. En realidad, en algún momento algunas farmacias los implementaron, pero no de forma permanente; lo intentaron y luego dejaron de hacerlo. Nosotros comenzamos realizando uno o dos envíos por día. Como nuestros recursos eran muy limitados, al principio mi hijo hacía los repartos caminando. Mi hijo menor también nos ayudó durante algunos meses, aunque después se dio cuenta de que el oficio no era lo suyo. Seguimos adelante y así fuimos creciendo, con constancia, perseverancia y paciencia. Muchas personas abren un negocio pensando que, al mes, a los dos meses o a los cinco meses, ya podrán obtener ganancias. Sin embargo, en los primeros tiempos ocurre todo lo contrario: hay que seguir invirtiendo dinero. Poco a poco fuimos avanzando. Primero compramos una bicicleta, después una moto y, más adelante, pudimos contratar a un empleado. Todo sucedió gradualmente; no fue tan rápido como lo cuento ahora.
¿Cómo definiría la relación que fueron construyendo con la comunidad?
Con la gente y con la comunidad se fue construyendo un vínculo muy estrecho. Para nosotros, los clientes no son “señor” o “señora”. Son Guadalupe, María, José. Tienen un nombre, una historia, y siempre fue muy importante identificarlos como personas. Nunca los vimos como un número ni como “el que viene a buscar tal cosa”. Procuramos conocerlos y tratarlos como nos gustaría que nos trataran a nosotros. Si voy a un lugar y no me atienden bien, probablemente no vuelva, aunque tenga el mejor precio. Esa fue siempre una convicción muy fuerte para mí. Desde el principio pusimos en práctica esa forma de trabajar. Con Marcos compartíamos la idea de que, así como queremos ser atendidos cuando vamos a otro lugar, es como debemos atender nosotros a quienes entran a nuestra farmacia.
Mirando hacia atrás y también hacia adelante, ¿qué la enorgullece más de lo logrado y qué desafíos imagina para los próximos años?
Cuando miro hacia atrás, pienso que, si me dieran nuevamente esa oportunidad, volvería a hacerlo. Lo haría porque me gustaba la profesión, me gustaba la dedicación a la gente y porque, de alguna manera, el futuro se fue desarrollando más o menos como yo lo imaginaba. Me siento muy orgullosa de haberlo logrado junto a mi familia, que me apoyó muchísimo durante todo el proceso. De cara al futuro, creo que el gran desafío es no perder nuestra esencia ni enfriarnos frente a toda la tecnología que existe hoy. La tecnología seguirá avanzando, sin duda, pero también pienso que las personas vamos a necesitar cada vez más la calidez humana, el contacto personal, la posibilidad de hablar y mirarnos a los ojos. Tengo la sensación de que esa necesidad va a crecer. Más allá de los avances tecnológicos, habrá muchos ámbitos en los que seguirán siendo fundamentales la comprensión, la empatía, el acompañamiento y hasta un abrazo. Son cosas que, en cierta medida, se están perdiendo, pero que todos seguimos necesitando.
