En el marco de la Semana del Corazón, el presidente de la Sociedad Uruguaya de Cardiología analiza los principales desafíos de la salud cardiovascular en Uruguay, los factores de riesgo asociados al estilo de vida y los avances que están transformando la especialidad. También destaca la importancia de incorporar el cuidado del corazón mucho antes de que surjan los primeros síntomas.
Nacido en Paysandú, Carlos Américo encontró tempranamente su vocación por la medicina, inspirado en buena medida por la figura de un tío abuelo pediatra al que admiraba. El traslado a Montevideo para iniciar su formación universitaria marcó el comienzo de un camino que luego encontraría en la cardiología una combinación que continúa definiendo su manera de ejercer la profesión: el vínculo con el paciente, la precisión clínica y la posibilidad de comprender los mecanismos que explican cada enfermedad.
A lo largo de su carrera ha participado en investigaciones y publicaciones sobre distintas patologías cardiovasculares, siendo testigo de una profunda transformación de la especialidad, impulsada por los avances en imagenología, el acceso creciente a la evidencia científica y el desarrollo de tratamientos cada vez más específicos. Actualmente, como presidente de la Sociedad Uruguaya de Cardiología, suma a la práctica médica una mirada sobre los desafíos que enfrenta el país, entre ellos lograr un acceso equitativo a una atención cardiovascular de calidad y fortalecer la integración entre los profesionales de Montevideo y del interior. En el marco de la Semana del Corazón, Américo pone especial énfasis en un desafío que comienza mucho antes de llegar al consultorio: prevenir. La hipertensión, el colesterol elevado, la diabetes, el tabaquismo, la obesidad y el sedentarismo continúan entre los principales factores de riesgo, a los que se suman hábitos propios de la vida contemporánea, como pasar demasiadas horas sentados, alimentarse de forma poco saludable o convivir con estrés sostenido. Frente a este escenario, propone avanzar hacia una cultura del cuidado que permita preservar la salud cardiovascular a lo largo de toda la vida.
¿Qué cambios de la práctica cardiológica ha visto en los últimos años que hayan transformado de manera significativa la forma de diagnosticar o tratar a los pacientes?
Creo que ha habido grandes hitos en la evolución de la medicina y particularmente de la cardiología, pero si tuviera que señalar qué define a la cardiología moderna, diría que es diagnosticar y tratar basándonos en evidencia científica. Estamos expuestos diariamente a una enorme cantidad de información y de nuevos estudios. Mantenerse actualizado se ha convertido en un verdadero desafío. Al mismo tiempo, la tecnología ha democratizado el acceso al conocimiento: nos permite conocer prácticamente en tiempo real lo que se está investigando, discutiendo y aplicando en los principales centros del mundo. Eso ha acortado distancias y nos obliga también a revisar permanentemente nuestra práctica. En el terreno diagnóstico, uno de los cambios más extraordinarios ha sido el desarrollo de la imagenología cardiovascular. Y, quizás, el otro gran cambio esté ocurriendo en el tratamiento. Estamos avanzando desde terapéuticas relativamente generales hacia una medicina cada vez más dirigida al mecanismo responsable de la enfermedad. Hoy, intentamos no solamente tratar las consecuencias o aliviar los síntomas, sino comprender qué está produciendo la enfermedad y actuar sobre ese mecanismo específico. Creo que esa combinación entre evidencia científica, enorme precisión diagnóstica y terapias cada vez más específicas está transformando profundamente nuestra especialidad y probablemente marque el camino de la cardiología de los próximos años.
¿Cuáles considera que son actualmente los principales desafíos de la salud cardiovascular en Uruguay?
Uno de los más importantes es democratizar el acceso a una cardiología de calidad y lograr que esa calidad llegue de manera equitativa a todo el territorio nacional. Uruguay es un país pequeño, pero todavía existen diferencias entre la atención cardiovascular disponible en Montevideo y la que puede recibir un paciente en distintos puntos del interior. El desafío es que el lugar donde una persona vive no determine sus posibilidades de acceder a un diagnóstico adecuado, a un especialista o a un tratamiento oportuno. Para eso necesitamos cardiólogos distribuidos en todo el país, bien formados, actualizados y con posibilidades reales de desarrollarse profesionalmente en el lugar donde trabajan. Y eso implica también que sean reconocidos y adecuadamente remunerados. No alcanza con formar buenos especialistas si después el sistema no genera las condiciones necesarias para que puedan permanecer y desarrollarse en el interior. Otro aspecto fundamental es fortalecer la integración entre la cardiología del interior y la que se realiza en Montevideo. No deberían funcionar como realidades separadas, sino como una verdadera red nacional, en la que exista comunicación, formación continua, intercambio de conocimiento y circuitos de referencia claros para aquellos pacientes que requieren procedimientos o medicina de mayor complejidad. Uruguay ha avanzado mucho en este sentido. Cada vez existe mayor acceso a medicina de alta complejidad fuera de Montevideo y la tecnología también nos brinda herramientas extraordinarias para acercar conocimiento y especialistas.
Setiembre es el Mes del Corazón. ¿Qué cree que todavía necesitamos aprender como sociedad sobre el cuidado de la salud cardiovascular?
El mensaje es que debemos llegar antes de que aparezca la enfermedad. La herramienta más poderosa que tenemos sigue siendo la prevención. Durante muchos años hemos construido una medicina extraordinariamente eficaz para tratar las complicaciones: podemos tratar un infarto, intervenir una arteria coronaria, operar una válvula o tratar una insuficiencia cardíaca. Y todo eso es imprescindible. Pero el verdadero desafío es conseguir que cada vez menos personas lleguen a necesitar esos tratamientos. La prevención cardiovascular comienza mucho antes de la consulta con el cardiólogo. Empieza en la infancia, con educación: aprender a alimentarnos adecuadamente, incorporar la actividad física como parte natural de nuestra vida, evitar el tabaquismo y comprender que cuidar la salud no comienza cuando aparecen los síntomas. También significa aprender a vincularnos de otra manera con el sistema de salud, y consultar oportunamente. Muchas enfermedades cardiovasculares se desarrollan silenciosamente durante años antes de producir su primera manifestación clínica. Por eso, si tuviera que elegir un mensaje para el Mes del Corazón, sería precisamente ese: tenemos que pasar de una cultura centrada en tratar la enfermedad a una cultura que priorice preservar la salud.
¿Cuáles son hoy los principales factores de riesgo de enfermedades cardiovasculares?
Si quisiera resumirlo en un concepto, diría que el principal factor de riesgo cardiovascular de nuestro tiempo es la propia forma en que vivimos. La vida moderna nos ha dado enormes beneficios, pero también nos ha impuesto ritmos que muchas veces conspiran contra nuestra salud. Vivimos con una permanente sensación de falta de tiempo. Tenemos menos tiempo para preparar y elegir adecuadamente nuestros alimentos, menos tiempo para realizar actividad física, pasamos muchas horas sentados y convivimos con niveles importantes de estrés. Y, en ocasiones, buscamos compensar ese estrés con hábitos que terminan siendo perjudiciales para nuestra salud. Desde el punto de vista médico, conocemos muy bien los grandes factores de riesgo cardiovascular: la hipertensión arterial, el colesterol elevado, la diabetes, el tabaquismo, la obesidad y el sedentarismo. A ellos se suman factores que no podemos modificar, como la edad, la genética y los antecedentes familiares. Pero muchos de los factores modificables no aparecen de manera aislada: están profundamente relacionados con nuestro estilo de vida. El desafío es encontrar la manera de incorporar el cuidado cardiovascular dentro de esa realidad.

“La prevención cardiovascular comienza mucho antes de la consulta con el cardiólogo”.
No se trata de llevar una vida perfecta, sino de entender que pequeñas decisiones sostenidas en el tiempo pueden modificar de manera muy significativa nuestro riesgo cardiovascular a lo largo de la vida.
¿Qué controles considera fundamentales para conocer nuestro estado cardiovascular y con qué frecuencia deberían realizarse?
Lo primero y más importante es tomar contacto con el médico, particularmente a partir de los 40 años, aunque esto puede ser antes si existen antecedentes familiares de enfermedad cardiovascular prematura, síntomas o factores de riesgo conocidos. Ese primer contacto debería permitir conocer la historia personal y familiar, medir la presión arterial y realizar una evaluación básica de los principales factores de riesgo, incluyendo el perfil lipídico y la glucemia. Hoy también sabemos que es importante medir la lipoproteína (a) al menos una vez en la vida, porque es un factor de riesgo fundamentalmente determinado por la genética y que muchas veces permite identificar un riesgo cardiovascular que no es evidente en una evaluación convencional. A partir de allí, los estudios deben individualizarse. No creo en realizar estudios indiscriminadamente a todas las personas, sino en preguntarnos qué queremos conocer y qué información va a aportar cada prueba. Según la edad, los antecedentes familiares, los factores de riesgo encontrados y las características de cada paciente, podemos profundizar la evaluación con herramientas como el score de calcio coronario, la angiotomografía coronaria o diferentes modalidades de pruebas de ejercicio.
La clave no está en hacer muchos estudios, sino en hacer los estudios adecuados en la persona adecuada y en el momento adecuado.
¿Existe una diferencia entre hombres y mujeres en la forma en que se manifiestan las enfermedades cardiovasculares?
Sí, existen diferencias importantes entre hombres y mujeres, tanto en la forma en que se desarrolla la enfermedad cardiovascular como en la manera en que puede manifestarse y, sobre todo, en cómo debemos estudiarla. Esto es particularmente evidente en la enfermedad coronaria. En los hombres es más frecuente encontrar el modelo clásico de enfermedad aterosclerótica obstructiva de las grandes arterias coronarias. En las mujeres, aunque por supuesto también existe este tipo de enfermedad, adquieren mayor relevancia otros mecanismos, como la disfunción de la microcirculación coronaria, la disfunción endotelial y el vasoespasmo. Es decir, una mujer puede presentar angina o incluso evidencia objetiva de isquemia y, sin embargo, no mostrar las obstrucciones coronarias significativas que tradicionalmente esperábamos encontrar. También existen momentos específicos de la vida de la mujer que aportan información sobre su riesgo cardiovascular. Los trastornos hipertensivos del embarazo, la diabetes gestacional, la menopausia precoz y determinadas enfermedades inflamatorias o autoinmunes, entre otros factores, deben formar parte de una evaluación cardiovascular moderna. Por eso, más que hablar de enfermedades cardiovasculares diferentes, diría que compartimos muchas de las mismas enfermedades, pero su fisiopatología, su expresión clínica y su evolución pueden ser diferentes. Reconocer esas diferencias nos permite diagnosticar mejor y, sobre todo, evitar que la enfermedad cardiovascular en la mujer sea subestimada.
Desde su rol al frente de la Sociedad Uruguaya de Cardiología, ¿qué mensaje le gustaría que quedara asociado a este Mes del Corazón?
Para mí es un enorme privilegio y, al mismo tiempo, una gran responsabilidad presidir la Sociedad Uruguaya de Cardiología. Es un lugar que obliga a pensar más allá de lo individual y a intentar representar los intereses y las necesidades de los cardiólogos de todo el país. Uno de los objetivos que me he planteado es acercar cada vez más la Sociedad a los colegas del interior y también a las nuevas generaciones. Me interesa especialmente que los cardiólogos jóvenes encuentren en la Sociedad un espacio donde participar, formarse, proponer ideas y sentirse parte. Creo que una sociedad científica tiene que estar viva, renovarse permanentemente y ser capaz de representar a distintas generaciones y distintas realidades de la cardiología nacional. Al mismo tiempo, tenemos el desafío de seguir modernizando y haciendo crecer nuestra sociedad, buscando estar a la altura de las principales sociedades científicas de la región y del mundo. Parte de nuestra tarea es también mirar hacia afuera: construir vínculos y acuerdos internacionales, generar oportunidades de intercambio y acercar la cardiología de primer nivel a nuestros colegas, facilitando el acceso al conocimiento. Vivo este período con una enorme alegría y con mucha responsabilidad. Sé que los cargos son transitorios y que un año pasa muy rápido. Mi aspiración es mucho más sencilla que pensar en grandes transformaciones: espero poder dejar un pequeño granito de arena, alguna estructura, algún vínculo o alguna oportunidad que permanezca y que resulte útil para los colegas que vengan después. Y si tuviera que asociar un mensaje desde este lugar para el Mes del Corazón, sería que el cuidado cardiovascular es una responsabilidad compartida. De los médicos, acercando conocimiento y una medicina de calidad a toda la población; de las instituciones, generando las condiciones para hacerlo posible; y de cada uno de nosotros, entendiendo que la prevención comienza mucho antes de que aparezca la enfermedad. Si conseguimos que cada vez más personas incorporen esa idea, habremos dado un paso importante.
“Tenemos que pasar de una cultura centrada en tratar la enfermedad a una cultura que priorice preservar la salud”.
El impacto del estrés en la salud del corazón
Según advierte Américo, existe una relación muy estrecha entre nuestras emociones, el estrés y el sistema cardiovascular. “Hoy sabemos que esa relación no es solamente una percepción, sino que tiene mecanismos fisiológicos concretos”. El estrés, en sí mismo, es una respuesta normal del organismo. Frente a una situación de tensión se activa fundamentalmente el sistema nervioso simpático, aumenta la liberación de determinadas hormonas, se acelera la frecuencia cardíaca y puede aumentar la presión arterial. El problema aparece cuando esa situación deja de ser transitoria y se transforma en un estado de estrés sostenido en el tiempo. El estrés crónico se asocia con mayor riesgo cardiovascular a través de diferentes mecanismos: alteraciones del sistema nervioso autónomo y de la respuesta neuroendocrina, fenómenos inflamatorios y metabólicos y, además, un efecto indirecto muy importante sobre nuestra conducta. Cuando estamos sometidos a estrés tendemos a dormir peor, realizar menos actividad física, alimentarnos peor y, en algunas personas, recurrir al tabaco u otros hábitos perjudiciales. “Ahora bien, tampoco debemos transmitir la idea de que una situación de estrés por sí sola necesariamente va a provocar una enfermedad cardíaca”, explica el especialista. “El riesgo depende del individuo y de su sustrato previo”. En una persona con hipertensión, enfermedad coronaria, una arritmia predisponente u otra enfermedad cardiovascular, una respuesta intensa al estrés puede actuar como desencadenante de síntomas o, en determinadas circunstancias, de una complicación. Incluso existen situaciones muy particulares, como el síndrome de Takotsubo o “síndrome del corazón roto”, en las que un estrés físico o emocional intenso puede desencadenar una alteración cardíaca aguda. “Por eso creo que hoy debemos incorporar el bienestar emocional como una parte más del cuidado cardiovascular. La medicina moderna nos está enseñando cada vez más que no podemos separar completamente la salud del corazón de la salud de la persona”.
